Comentario al Evangelio, 14 de noviembre de 2022


Paludismo en África, foto: Flickr

Evangelio de hoy: “Cuando Jesús se acercaba a Jericó, un ciego estaba sentado al borde del camino pidiendo limosna. Cuando escuchó a una multitud pasar, preguntó qué estaba pasando. Le dijeron que pasaba Jesús de Nazaret. Entonces exclamó: “¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí!” Los que caminaban delante le instaron a guardar silencio. Pero gritó aún más fuerte: “¡Jesús, hijo de David, ten piedad de mí!” Jesús se detuvo y ordenó que se lo trajeran. Cuando estuvo cerca, le preguntó: “¿Qué quieres que haga por ti?”. Él respondió: “Señor, déjame ver”. Jesús respondió: “Mira, tu fe te ha salvado”. Inmediatamente lo vio y lo siguió, alabando a Dios. Y todo el pueblo que lo vio dio gloria a Dios» (Lc 18, 35-43).

Un evento conmovedor. Un hombre ciego. Está físicamente enfermo, y tal vez espiritualmente, ora a Jesús para que lo sane. El tratamiento físico es simple. ¿Por qué puede incluir sanidad espiritual? Jericó puede ser un símbolo aquí. Es la ciudad más baja del mundo (en una depresión, unos 270 m bajo el nivel del mar), adonde se acercó Jesús cuando se encontró con el ciego. Puede ser una historia que en su caso, como en el nuestro, Jesús puede descender a las más grandes depresiones, a los lugares más bajos de la tierra, incluyendo nuestras espirituales: la maldad, el pecado, el infierno, los complejos, la incredulidad en nuestras propias fuerzas – para hacernos salir de ellos, sanar. Cuando nos sea difícil -pero no sólo entonces- exclamemos como en el Evangelio: “¡Jesús, Hijo de David, ten piedad/ayúdame, porque no entiendo!”. No nos dejarán sin ayuda. Cuanto antes nos demos cuenta de que no lo conseguiremos solos (y que hay muchas, muchas cosas diferentes fuera de nosotros), y que no estamos solos, que Él lo está, mejor.

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